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LAS DIFERENCIAS DEFINITIVAS ENTRE UN ASESOR Y CONSEJERO

LAS DIFERENCIAS DEFINITIVAS ENTRE UN ASESOR Y CONSEJERO

Algo que he notado, en este mundo político, es que se llama “asesor” a cualquiera que acompaña a un político. Puede ser un familiar, un amigo o un profesional de confianza, abogado, tal vez.

Aunque podría sonar evidente, comencé a pensar cuáles eran las diferencias definitivas entre ser un asesor y ser cualquier persona de confianza del político. Después de todo, resulta algo injusto tener la misma etiqueta que alguien que opera de forma diferente y logra resultados diferentes.

Así, vino a mí la primera diferencia. Esa diferencia que considero la fundamental:

Un factor estratégico

Si hay algo que un consejero nunca hará es establecer un objetivo claro, medible en el tiempo, con estrategias y acciones. En cambio, un asesor, para poder llevar a cabo su asesoría, sabe que parte de un punto X y debe llegar al punto Y a través de las acciones A,B,C y Z.

Suele pasar, sobre todo, en países donde la comunicación política como carrera no está del todo desarrollada, que se presenta como asesor a aquella persona que estuvo durante muchísimos años en un espacio muy cercano a la política y, por lo tanto, “sabe” de política. Sin siquiera meditarlo, se toma como experto.

Sin restarle valor a la experiencia a través de los años de estas personas, metodológicamente, no representan un trabajo muy eficiente, por la falta de este factor estratégico.

Asimismo, genera el estigma de que un “asesor” siempre tiene en promedio una edad, ya que su metodología e impacto no es el indicador de éxito o cierto reconocimiento, sino los años que lleva trabajando en el mismo espacio.

Ahora bien, te doy algunas pistas para identificar si aquella persona en la que quisieras confiar tu asesoría política, es realmente un asesor o un consejero.

El acto inicial

Si al momento de dar inicio al trabajo, tu asesor no te muestra un plan, tangible, que marque una ruta del día a día para hacer de ti lo que esperas, es probable que no sea un asesor, sino, tal vez, solo un consejero.

Es bueno acostumbrar a los profesionales que te asesoran a tener entregables, un reporte, conocer el seguimiento que realizan para tomar decisiones.

Al momento de desempeñar la labor política, el político asesorado sentirá desorientación en la cotidianeidad, así, en un principio, la relación asesor-asesorado haya sido positiva. La presión política sin un plan genera desesperación y caos, además de un político más preocupado en preguntar cómo va cada gestión que se encomendó que en perfeccionar su performance personal.

Es cierto que, muchas veces, el día a día político nos termina sobrepasando, pero cuánto más nos sobrepasa sin un plan.

Pasividad vs. proactividad

Podría ser la diferencia más notoria entre un asesor y un consejero. Como mencioné antes, un asesor es quien te ayudará a llegar de X a Y. Pero, un consejero estará en un permanente estado de pasividad esperando a que le preguntes su opinión sobre alguna decisión que debes tomar.

Esta es una actitud determinante y sumamente peligrosa porque significa que, quien pretende asesorar, no tiene el control sobre la situación que rodea la actividad política.

Piensa en que un asesor siempre va actuar buscando disminuir las debilidades y prevenir o amilanar las amenazas. La pasividad nunca permitirá que tengas ni un poco de control sobre nada.

Frente a ciertas situaciones de crisis, el consejero, en medio de su pasividad, recomendará silencio o no hacer nada. Esa no es una opción en casi ninguna circunstancia, salvo tenga un sustento dentro del planeamiento estratégico integral.

Pienso que este factor representa una injusticia supina entre un asesor y un consejero, porque hay un abismo de diferencia en la carga laboral, por un cargo que llaman con el mismo nombre.

Lo pongo de la siguiente forma, un poco a lo bestia: sería bien fácil y cómodo que yo también me siente a esperar que me pregunten mi opinión ocasionalmente y que me paguen por eso.

¿Mi asesor piensa en mí?

Una de mis pruebas de fuego principales y un error que he encontrado muchas veces – más de las que quisiera, sinceramente.

Un consejero, en sus “asesorías” determina las acciones del político en función a lo que él o ella haría o diría, sin pensar en si dicha acción obedece a una imagen y personalidad que el político tiene o desea transmitir.

Cuando el “asesor”, o a quien yo llamo consejero, emite opiniones pensando en sí mismo, en lo que él haría, lo que terminará haciendo es transmitir su imagen a través de la cara del político que desea asesorar. No estará destacando la imagen del político, sino la suya. Y, créanme, la mayoría de veces, resulta ser un desastre, porque no hay el factor fundamental de la política moderna: la autenticidad.

En cambio, un asesor piensa en las atribuciones reales del político, piensa en cómo destacarlas, en cómo hacer que toda acción o discurso suene a aquel político y no a su asesor. Esa es la tarea, sino, solo estaremos opinando arbitrariamente de lo que el político debe hacer, como una cuestión aislada y personal. Una simple opinión personal.


Una buena asesoría es la mejor inversión que podrás hacer siendo político. Recuerda que es fácil ser asesor si no se exige excelencia y metodología en el trabajo, porque, al no ser la cara visible del trabajo político, un asesor jamás quedará mal frente al resto. En cambio, tú pones en riesgo toda tu imagen, tu trabajo, tu honor.

Podríamos hablar, en otra ocasión, sobre los innumerables casos en los que la mala reputación de ciertos políticos se dio por la gestión del asesor y no la voluntad de dicho político.

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