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En julio, celebramos el bicentenario del Perú y seguimos ejerciendo la política del anti. Esa política que nos coloca en un espacio en función a quién odiamos y no por la simple razón de hacia dónde vamos.

Me pregunto ¿cuándo vamos a salir adelante? Pues, cuando aprendamos a participar de la política a través de nuestras ideas, aprendiendo a identificarnos y aceptarnos como sujetos políticos, cuando la discusión de las campañas presidenciales no se centren en un indulto o cuando las personas no apunten con el dedo al que sí quiere hacer algo por el país.

La política del anti nos ha llevado a votar por “el mal menor” casi siempre. Es una idiosincrasia que disfraza de moralidad la apatía y flojera colectiva de comerse el pleito de hacer política de verdad.

¿Por qué? Porque es más fácil generar una corriente entorno a críticas, que levantar una institución con trabajo, ideas y muchos malos ratos.

¿Por qué? Porque es más fácil ganarse aplausos apuntando con el dedo al adversario, que generando consensos para salir adelante marcando una pauta para el país.

¿Por qué? Porque es más fácil participar en política discriminando la opinión de quien – por alguna razón netamente emocional – nos cae mal, que escuchándolo para dar una respuesta alturada y con sentido.

¿Qué pasa cuando lo hacemos? Caemos en el círculo vicioso de la defensa absurda de una postura política sin analizar los argumentos contrarios, para ver, tal vez, solo tal vez, si podemos estar equivocados.

Pensémoslo de esta forma: tu enemigo tiene amigos ¿cierto? Eso pasa porque para otros, esa persona es agradable. Entonces, algo bueno debe tener. Si eres incapaz de ver la evidente gracia, incluso, de quien menos aceptas, entonces estás destinado a caer en la política del anti.

La política del anti solo nubla a las personas, los mimetiza en un nivel de discusión política minúscula, los imposibilita de seguir una corriente propositiva, porque todo aquel que tenga al lado está ahí por un odio común, pero no necesariamente porque busquen los mismos objetivos.

¿Cómo saber si ejerces la política del anti y dejar de practicarla?

Hazte las siguientes preguntas:

  1. ¿Sigo políticos o líderes de opinión que no piensen como yo?
  2. Si la respuesta fue sí, pregúntate ¿Los sigo para saber qué piensan o para comentarles una crítica cada vez que publiquen algo?
  3. ¿En qué principios creo? ¿A qué ideología política pertenezco? (sí, lamento decirte que todos estamos ideologizados, aunque no hayamos hecho el ejercicio de ubicarnos en un espacio ideológico conscientemente).
  4. Ya sé mi posición política ¿conozco la de los partidos?
  5. ¿Con qué partido me identifico ideológicamente? (esto implica investigar la ideología de los partidos, no asumirlas)
  6. ¿Me esperaba ese resultado después de investigar partido por partido?

No practiques la política del anti, podrías estar defendiendo causas justas por motivos equivocados y, finalmente, no alimenta en nada nuestro debate democrático.

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